Damaris Betancourt

Autorretrato de Damaris Betancourt.


Hay gente que te inspira en la vida, por una razón u otra. Gente que no has conocido, pero que quieres conocer. Gente de sincera modestia, aun cuando su talento es enorme. Supe de la obra de Damaris Betancourt gracias a un profesor y crítico excelente. Alguien con quien aprendí muchísimo, Juan Antonio Molina Cuesta, quien lleva una escuela de fotografía en México. Participé en un diplomado de Página en Blando. Recuerdo que en una de los primeros encuentros virtuales, salió a relucir el nombre de Damaris. Rápidamente me puse a investigar y descubrí la obra de esta fabulosa fotógrafa cubana. Quizás muchos de Uds. ya la conocen, quizás no. Así que, sin mas preámbulo, aquí les dejo su entrevista que, en lo personal, me conmovió.


La Manigua: ¿Quién es Damaris Betancourt? ¿Dónde naciste y dónde te criaste?

Damaris Betancourt: Soy mujer, madre, esposa, hija de un boxeador y de una secretaria, y fotógrafa también. Nací en La Habana, en El Vedado y ahí también me crié y viví hasta los 22 años. El mío fue un encontronazo totalmente fortuito pero determinante con la fotografía. Fue a principios de los 90, en medio de una depresión social y económica en Cuba para mi generación sin precedentes. Entonces me habían “otorgado” la carrera de Licenciatura en Derecho, después de haberme pasado 6 años en aquellas infames becas con la esperanza, de finalmente, poder estudiar lo que me gustara que en mi caso era Periodismo. Pues aun con las mejores notas no fue posible, y esta fue mi primera gran decepción y la primera estafa de la que fui víctima directamente. Desilusionada, después de un corto trayecto por la Universidad de La Habana, dejé el Derecho. Fue una decisión congruente, pero quedé con las manos vacías. Entonces un día, entré con una amiga al Museo de Bellas Artes, y allí vi unas fotos. Se trataba de una exposición del fotógrafo suizo Werner Bischof. Me impactaron mucho. Inmediatamente, pensé: Eso es lo que quiero hacer. Y así fue, desde entonces nunca he querido hacer otra cosa que no sea fotografía. Aquellas imágenes no se borraron, al contrario, comencé a interesarme por la fotografía. Hice contactos, mucha gente me ayudó, me informó. Logré que me aceptaran en un curso de fotografía que se impartía en la sede de la UPEC. Apareció una Pentax viejísima con un 28 mm que vendía un pintor, vendí lo poco que tenía de valor. Mi madre me ayudó, aunque no entendía de qué iba la historia, y al fin compré la cámara. Tuve la suerte de conocer a los fotógrafos Ramón Grandal y a Gilda Pérez, y que me abrieran las puertas de su casa. Y me iba a pie o en bicicleta desde mi casa hasta la calle Salud varias veces a la semana a hojear los libros de su biblioteca y a escuchar los consejos de Grandal. Con esa motivación me iba luego por La Habana a colectar mis imágenes. Esos fueron mis inicios en la fotografía. Fue en ese tiempo en que hice mis primeras visitas a El Fanguito, al Callejón de Andrade y otros barrios pobres de La Habana.

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Serie “Gente que no conocí”. Damaris Betancourt 


LM: Entiendo que empezaste en la fotografía a principios de los años 90. ¿Cómo te iniciaste en este medio y que fue lo que te motivo a ser fotógrafo? ¿Hace mucho tiempo que estas fuera de Cuba? ¿Cómo fueron tus inicios en un país completamente diferente de Cuba? ¿Te fue difícil el cambio?

DB: Me fui de Cuba con 22 años. Durante mi tiempo en la Universidad también había estudiado alemán con Miss Herrmann, una alemana octogenaria que había emigrado a Cuba en los años 30 y quedó varada en La Habana. Se dedicaba a enseñar alemán, inglés particular. Mi madre me costeó las lecciones y entre mis ganas de aprender y de volar, aprendí alemán básico que luego me sirvió para hacer contactos con fotógrafos, periodistas y cineastas que venían a Cuba por aquellos años para reportar la actualidad de Cuba después de la caída del muro de Berlín. Así que a cambio de mis servicios como traductora y organizadora, el contacto con estas personas me permitió adentrarme en el mundo del reportaje, del periodismo, del cine. Y además recibía unos - para mí - suculentos paquetes de película y papel fotográfico. Con ayuda de amigos pude viajar a Europa en la primavera del 1993, ya tenía una propuesta para trabajar como traductora en un proyecto fílmico sobre Cuba, luego aparecieron otros encargos pequeños. Así se continuó moldeando mi formación visual. Y así fue como llegué a Europa, a Suiza, un país ininteligible entonces para mí, donde mi alemán sonaba de los años 30, y donde quedé petrificada cuando me hablaron por primera vez en dialecto. Me enamoré de Zurich y me casé con un director de cine. Todo lo que puedo contarte ahora no podría describir el impacto que me causó mi llegada a Suiza. Toda la confusión, el desconcierto, la euforia, la curiosidad, la sensación verdadera de libertad. Creo que esto fue lo determinante para concebir mi vida en un lugar lejano, tan diferente. Una libertad que nunca antes conocí, pero que evidentemente ansiaba profundamente.

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Serie “Las amigas de mi madre”. Damaris Betancourt


LM: Tu fotografía tiene varias facetas. En mi opinión eres una fotógrafa completa. Tu trabajo va desde el retrato (Las amigas de mi madre, Los habaneros, Gente que no conocí) el género documental (Diez días en MazorraSenegal’s Fishermen), la arquitectura (Sombras de Hormigón, La Habana), etc. Aquí te podría preguntar muchas cosas, pero solo se me ocurre una cosa. ¿Cómo lo has hecho?

DB: Gracias. La fotografía es de una amplitud inconmensurable, y sé que hay terrenos que me son ajenos, que no avivan mi interés y que no los disfruto, no los manejo. Lograr una buena foto puede ser muy difícil. No es la técnica lo que me entusiasma, sino el documento, el relato. Muchas veces he tenido que hacer trabajos que, de poder escoger, los hubiera declinado. Pero eso también es parte del aprendizaje. Sobre todo, cuando se es autodidacta, son los golpes con las piedras los que te muestran el camino. Yo siento que me expreso mejor a través del reportaje. Ahora, los temas, es otra cosa. Yo pienso y observo mucho - a veces demasiado -, voy descubriendo cosas en mi entorno que pueden ayudar a dilucidar una situación. Y trato de expresar mis lucubraciones de manera visual, con lo que voy viendo a mi alrededor. Los temas pueden oscilar de una orilla a la otra; y eso es lo que me fascina de la fotografía. Explorar, buscar, cazar, colectar, juntar, editar, contraponer, mostrar…

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Serie “Diez dias en Mazorra”. Damaris Betancourt


LM: Ya te he dicho que soy fan de tu trabajo fotográfico, lo admito, sin afán de adulación. Diez días en Mazorra es una serie impactante. ¿Me puedes contar cómo surgió esta serie y cómo lograste llevarla a cabo?

DB: Gracias, otra vez. La historia acerca de Mazorra, decidí escribirla y ponerla como introducción a la serie en mi página web. Fue totalmente casual y más bien resultado de otra decepción. Yo viajé a Cuba en enero de 1998 para documentar la visita del Papa Juan Pablo II. Viajé con un periodista y el encargo de un periódico suizo. El Centro de Prensa Internacional nunca aprobó mi credencial. Una tal Gloria que por entonces “atendía” a Suiza por el CPI, concluyó que no me darían el permiso. Típico proceder que tiene la oficialidad en Cuba de subestimar, desvalorizar y humillar a todo el que no entre en la fila. Y bueno, después de pasado el mal rato, me puse a pensar qué hacer con mi tiempo y con las decenas de películas que llevaba. Ya habíamos estado mi colega y yo en Mazorra investigando un poco para la posibilidad de hacer una historia, y me había quedado con el número de teléfono de Bernabé Ordaz. Así que lo contacté y le pregunté si podía hacer unos retratos en el hospital, y sorprendentemente accedió. Todo lo demás lo cuentan mis fotos. Fueron alrededor de 10 días muy intensos para mí.

LM: Mi trabajo personal tiene mucho que ver con el espacio. Creo que por esta razón me identifico tanto con dos de tus series. En particular: Cincuenta y ocho sillas, y Sombras de hormigón. Percibo una afinidad por la arquitectura, los objetos y el espacio en tu trabajo. También una manera sutil de contar tus historias (En Cincuenta y ocho sillas, por ejemplo, la silla muchas veces aparece como un elemento más de la escena, y a pesar de la simplicidad, esto hace que la imagen cobre fuerza. ¿Tú te identificas más con este tipo de fotografía? ¿Por qué?

DB: Me interesan los espacios con vida, la arquitectura en diálogo con el individuo y con la sociedad, como da forma a nuestro espectro de perspectivas, nuestra relación con el mundo y nuestra apreciación cognitiva y estética. El lugar en el que crecemos es nuestro primer referente visual y espacial. Tengo la suerte de haber nacido y crecido en una ciudad tan hermosa y cálida como La Habana que desgraciadamente se está destrozando de manera brutal. De ahí mi determinación de documentar y debatir sobre esto. Temas como Sombras de hormigón o Cincuenta y ocho sillas, no son más que arenas de debate para reflexionar públicamente sobre lo que sucede con La Habana, y cómo esta realidad recíprocamente influye en sus habitantes. Un día me di cuenta caminando por La Habana, de que por todos lados aparecían sillas destartaladas, abandonadas, de disimiles modelos. Poco a poco fueron adquiriendo vida ante mis ojos, como si comenzaran a mutar en entes con vida. Estas sillas vacías dejadas por doquier, en una esquina, en medio de la acera, a la entrada de un edificio, encarnaron para mí la inacción, el letargo, la somnolencia de toda una sociedad. Sombras de hormigón es una especie de vaticinio de lo que será de La Habana, si no hay resolución cívica ante la intención clara del totalitarismo de devastar a una ciudad, y con esto también la memoria histórica y el bien cultural de una nación. Los habaneros pronto no vivirán en una ciudad, sino bajo sombras de hormigón.

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Serie “Sombras de hormigón”. Damaris Betancourt


LM: Como te decía anteriormente, te considero una fotógrafa completa, capaz de manejar a la perfección cualquier rama de la fotografía. Tus series documental y de retratos son impactantes. ¿Cómo llegas a ese acercamiento con el sujeto, a esa intimidad que tus fotos despliegan?

DB: Si he logrado que mis fotografías transmitan intimidad, pues me satisface saberlo, pero no puedo decirte cómo lo he hecho. No tengo fórmula. Si hay algo para lo que nos entrena la fotografía, es para experimentar situaciones muy disímiles. Me imagino que, como en Cuba una cámara en manos de un nativo siempre es vista como algo peligroso y transgresor, pues tengo la costumbre de no ir con pinta de fotógrafa a ningún lugar. Creo que ayuda.

LM: La mayoría de los fotógrafos que conozco hablan de sus influencias. ¿Tiene Damaris influencias, la gente que te inspira a seguir creando, de la que aprendas o aprendiste en el pasado?

DB: Influencias muchísimas, fotógrafos que admiro. Muy a menudo descubro trabajos nuevos, miradas frescas. Pero por supuesto tengo mi Olimpo donde permanecen resguardados aquellos a los que siempre recurro, los que siempre me inspiran, me conmueven, me motivan. Ya mencioné a Werner Bischof, pero por ahí sigo con Walker EvansGordon ParksRobert FrankLuigi Ghirri, Guy Tillim, Josef KoudelkaGabrielle Basilico, René BurriHélène Binet, August Sander, Stephen ShoreRichard PareHelmut NewtonGueorgui Pinkhassov, y muchos otros por supuesto. Mi inspiran además las pinturas de Hopper, Velázquez, Balthus, Canaletto… Y mañana puede que la lista se alargue más.

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Serie “Cinquenta y ocho sillas”. Damaris Betancourt


LM: ¿Proyectos nuevos en los que estés trabajando? ¿Cuáles son tus planes futuros?

DB: Estoy preparando mi nueva página web. Es una buena ocasión para revisar mi archivo, digitalizar negativos, reeditar, revalorizar e incluso descubrir trabajos que hice hace tanto tiempo. También está en preparación un libro con la serie Diez días en Mazorra con texto del escritor cubano Carlos Aguilera, que deberá salir este año por Ediciones Rialta. Además, fui invitada esta primavera a participar en la Bienal de Arquitectura de Venecia para exponer en el Palacio Mora 10 fotos de Habana Siglo XXILa espera; una de mis series en torno al inmovilismo de la sociedad cubana. Por causa de esta pandemia la Bienal fue pospuesta para el próximo año. Así que, si hasta entonces la situación se normaliza, en 2021 podré exponer mis fotos en una gran colectiva en la Bienal de Arquitectura de Venecia. He tenido pocas oportunidades de exponer mi trabajo, por lo tanto, esto me daría una gran satisfacción. Ideas, tengo muchas, surgen en cada momento. Siempre que puedo anoto. Hace poco hice cálculos, porque si esta entrevista es publicada como has previsto, hoy cumplo 50 años, y me di cuenta de que más vale que acelere un poco. El tiempo es inclemente. Por lo pronto, después de mi familia, la prioridad es mantener el cuerpo y la mente ágiles, y, aunque vaya como el tren lechero, conseguir realizar aquellas ideas que más me inquietan y que más me inspiran hasta que llegue al final.

Muchas gracias por interesarte por mi trabajo y difundirlo. Y mucha suerte con este proyecto de blog.

LM: Gracias a ti Damaris, por acceder a ser parte de La Manigua. ¡Abrazos y éxitos!


Miami-Zurich 

Agosto 12 del 2020.

“Año de la Pandemia”

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Serie “La Habana”. Damaris Betancourt


Willy Castellanos

Fotografia de portada: Willy Castellanos por Adriana Herrera


Willy Castellanos es fotógrafo, historiador del arte y curador; trabaja en Aluna Art Foundation, la institución que fundó con su esposa Adriana Herrera. Los dejo aquí con esta entrevista donde nos habla de su vida e intereses creativos.


La Manigua: Háblame de ti: ¿dónde nace y se cría Willy? 

Willy Castellanos: ¡Muchas gracias, Rainy, por invitarme a la Manigua! 

Nací en La Habana, aunque faltó poco para que naciera en Santiago de Cuba, como mis tres hermanas. Mi padre era natural de Mayarí y mi madre de Sagua de Tánamo, y a pesar de que estudiaron en La Habana, sus vidas trascurrieron siempre en Oriente. Se conocieron en el pueblito de Marcané (el de la canción de Compay Segundo), donde mi abuelo Castellanos era el farmacéutico del Batey y mi abuelo Simons –un ingeniero agrícola inglés establecido en Cuba–, el superintendente del central que dio nombre al pueblito. En 1959, la familia se estableció en La Habana. Yo nací en octubre de ese año. Así que ya ves, habanero, ¡pero con genes guajiros!

En 1966, mi familia se movió a París (yo tenía casi siete años), pues en esos años mis padres trabajaron en la embajada cubana de esa ciudad. En Francia hice mi escuela primaria y un año de segundaria, y en 1973, regresamos a La Habana. Terminé el bachillerato en la escuela Lenin, y después de graduarme en la Universidad emigré a Buenos Aires, en 1994, en esos años intensos donde, como dice la novela de Wendy Guerra, “Todos se van”.

LM: ¿Como llegaste a Miami? Háblame un poco de tu vida aquí. 

WC: Viviendo en Buenos Aires, recibí una invitación para exponer mis fotografías del éxodo de los Balseros de 1994 como parte de las actividades complementarias del Festival de Teatro Hispano de Miami, un evento que organiza cada año el Teatro Avante y su director, Mario Ernesto Sánchez, una persona extraordinaria. Llegué a Miami en 2001. Sabía que este era un viaje sin regreso. Recién llegado trabajé como fotógrafo y diseñador gráfico en la producción de catálogos publicitarios. Luego, en 2009, me contrató el Miami-Dade College Art Gallery System (AGS), que fue una verdadera escuela para mí en términos museográficos, por el volumen y la diversidad de proyectos que asumía esta oficina: desde la curaduría y el diseño de sala, hasta la instalación, la conservación, el cuidado de las obras y la divulgación de las exposiciones. En el 2011 fundamos –junto con mi esposa Adriana Herrera– Aluna Art Foundation y Aluna Curatorial Collective, y hasta la fecha, hemos diseñado y producido cerca de cincuenta exposiciones en los espacios de la fundación (hemos tenido dos galerías en la ciudad), así como en diversas instituciones, museos, ferias y galerías de Miami, Lisboa, Lima, Siberia, Moscú y Mónaco.

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De la serie Rumbo norte, más allá del muro azul, 1994


LM: ¿Dónde fue tu formación académica? ¿Como te iniciaste en la fotografía? 

WC: Mi formación general es en humanidades. Me gradué en 1994 de Licenciatura en Historia del Arte, en la Facultad de Artes y Letras, en el curso nocturno. Cuando decidí aprender fotografía, en La Habana de mediados de los ochenta, no había muchas escuelas disponibles, solamente recuerdo la de la Unión de Periodistas de Cuba, la UPEC. En esa época, tenías que buscarte un amigo que te enseñara los fundamentos y luego seguir por tu cuenta. Y entonces te ibas a su estudio o a su laboratorio, y ahí aprendías con tu maestro, al estilo renacentista. En mi caso, yo aprendí con Guillermo Fernando López Junqué, “Chinolope”. El Chino me enseñó las técnicas del cuarto oscuro y sobre todo, me transmitió su pasión delirante por la fotografía, como ejercicio creativo y como reflexión de vida. Chino es de esos personajes entrañables de la Habana de esos años. Amigo de Lezama Lima, Julio Cortázar y Roque Dalton (de los que conserva fotos inolvidables), deambuló por la ciudad y sus barrios fotografiando con su “ojo de buey” – como acotó Lezama- la vida cultural habanera. En esa época, Chino era imprevisible, espontáneo e irreverente, y nunca pagó un pasaje de guagua pues era amigo de casi todos los guagüeros de la ciudad. 

Más tarde, en Buenos Aires, me profesionalicé muchísimo, como fotógrafo quiero decir. No sólo impartí conferencias y di clases en diversos institutos, sino que trabajé en varios estudios fotográficos (sobre todo de retratos), inauguré dos estudios propios, uno en Buenos Aires y otro en Mar del Plata, y luego entré en la prensa como fotorreportero en “staff” de la revista Pugliese –nombrada así por el compositor de Tango–, y como fotógrafo para la discográfica BAM (Buenos Aires Música). En esos años se produjo una eclosión, un “retomar” del Tango en la ciudad, y tuve la suerte de participar en esa movida contagiosa, en el “renacer” de un género auténticamente porteño, rioplatense como lo definen los expertos. Tengo un extenso archivo de imágenes sobre el tema que debo escanear, y que incluye a músicos ilustres, bailarines y muchos de los grandes eventos que se realizaron en la ciudad. De esa movida y de mi trabajo en la Secretaria de Cultura de la ciudad, nacieron dos libros en los que participé como coautor: El deseo en el Pavo Real: historia de una academia de Tango, junto al dramaturgo y compositor Alberto Muñoz, y Obras 1996-2000, un libro en el que trabajé en equipo con destacados fotógrafos locales.

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Ilustraciones/Collages para el libro de Alberto Muñoz El Deseo en el Pavo Real, Historia de una academia de Tango. Buenos Aires. 2000 (Fotografías blanco y negro tratadas con tiradores y objetos varios)


LM: Quienes han sido tus influencias en la fotografía? ¿Me podrías dar ejemplos? 

WC: En la Habana de finales de los ochenta, miraba muchísimo, como fotógrafo, el trabajo de Robert Frank, Lee Friedlander, Diane Airbus o Garry Winogrand, norteamericanos de los cincuenta a los setenta que llevaron el documentalismo a nuevas instancias críticas y reflexivas; pero también el de los mexicanos y otros latinoamericanos que participaban en los Coloquios de Fotografía, como Iturbide, Meyer, González Palma o Gerardo Suter. Por esos años, el proyecto de Sebastián Salgado sobre el rescate de la iconografía de las industrias artesanales del siglo XX, en peligro de desaparición, me fascinó. Creo que la memoria de esta serie inolvidable está en la génesis de las fotos que saqué recientemente en África. 

Cuando terminaba mi tesis de diplomado “El desnudo como objeto y estrategia corporal de la fotografía en Cuba (1982-1993)” en la universidad, estudié particularmente el género, tanto en el país como en otros lugares. Aunque este interés fue más investigativo que práctico. Pero en esos días, miraba mucho la obra de los “enfants terribles” del tema: Mapplethorpe, Peter Witkins, Andrés Serrano, el nigeriano Rotimi Fani-Kayode o el brasileño Mario Cravo Neto. Eran los fotógrafos sobresalientes del momento. Muchos años después me relacioné como curador, con artistas mujeres que también trabajan desde el cuerpo humano y a través de la fotografía, como Cecilia Paredes y Tatiana Parcero por ejemplo. 

En La Habana de esos años, seguía además muy de cerca, el trabajo de los fotógrafos locales y los de mi generación: Alom, Peña, Gory, Cuenca, José Manuel Fors, Martha María Pérez, Sarabia, José Ney, Mayol, Cañibano… Este archivo que colecté visualmente durante mi juventud persiste hoy día en mi subconsciente, y de algún modo me tiene que condicionar. Uno carga en la memoria con muchas fotografías de autores del mundo entero, de diversas tendencias, estilos y épocas. Rastrear influencias en el archivo infinito de la visualidad parece una invitación a elaborar una larga lista de autores. Pero la pregunta es interesante y me obliga a revisar mi imaginario personal (no como historiador, sino como fotógrafo esta vez), rastreando las imágenes que me han impactado a lo largo de estos años, en busca de mis propios “canibalismos”. Y este es un ejercicio agradable, que con gusto comparto.

En los últimos años, por ejemplo, me ha interesado particularmente el legado de los fotógrafos de la Escuela de Dusseldorf, que tiene un acento en el movimiento de la Nueva Objetividad de los años veinte y cuyo espíritu entroncó con el Arte Conceptual y el Minimalismo de los sesenta y setenta. Mas allá de sus legendarios creadores (Bernd y Hilla Becker), me fascinan los retratos arquetípicos de Thomas Ruff, los registros urbanos de Andreas Gursky y las arquitecturas monumentales de Candida Höfer. Mirando las imágenes de estos fotógrafos me decidí por el gran formato y me compré una cámara de 4x5 con un magnífico juego de lentes Schneider. Creo que hay una suerte de solemnidad, de dignidad implícita en estas imágenes nacidas de las 4x5, un carisma que habita en el detalle generoso, preciso, y en la descripción desbordante de los ambientes registrados. De cualquier manera, es el formato que permite construir, del modo más creíble, la mímesis de la imagen con sus fantasías y sus engaños; una técnica que complace en muchos sentidos nuestra obsesión histórica por la representación realista. Aunque de la 4x5, también disfruto su peculiar “temporalidad”, esa operatoria que te obliga a concentrarte y a tomarte un tiempo considerable midiendo la luz, encuadrando y ajustando el enfoque. Para mí, es un ejercicio de introspección, una forma de evadir la rapidez cotidiana y sus automatismos agobiantes, impuestos en la mayoría de los casos. 

Yo consulto con frecuencia a los fotógrafos de los sesenta y setenta, y creo que muchos de los acercamientos, de las estrategias, o de las visiones que se actualizan día a día, en el tiempo, están fuertemente vinculadas con la iconografía que se generó en esos años. Y me refiero a la New Color Photography, por ejemplo, y a autores como Shore, Eggleston o Meyerowitz, por citar algunos, o las visiones contemporáneas del paisaje que aparecieron simultáneamente reunidas en torno a la antológica exposición New Topographics. Photographs of Man Altered Landscape de 1975, en clásicos como Robert Adams, Lewis Baltz o el propio Stephen Shore. Los primeros extendieron el archivo histórico más allá del registro monocromático, reformulando la visualidad de lo cotidiano desde una perspectiva tan crítica como estética o significativa. Los segundos, abrieron el paisaje al ejercicio contemporáneo, demostrando que el tema puede sobrepasar las apropiaciones románticas del territorio o a las ideas de lo sublime en el arte. El legado de estos fotógrafos es siempre una cátedra a revisar, y un espacio de revelaciones y aprendizaje, donde encuentras ideas e inspiración.

A mí siempre me ha fascinado, por ejemplo, el trabajo de Jeff Wall y el modo irreverente en que construye sus propias escenas, más allá de las estrictas coincidencias fotógrafo-sujeto y de los instantes decisivos o no. Recientemente, mientras terminaba mi serie sobre los basureros, descubrí el trabajo fascinante y el proyecto Anthropocene del canadiense Edward Burtynsky, así como las sugestivas imágenes de Jan Staller, en sus series de los ochenta y en las más recientes. Y desde luego, siempre me interesó la fotografía documental, en la que existe un extenso archivo de imágenes logradas por los maestros del género. En mi caso, la posibilidad de reconstruir el relato de un evento a través de la imagen, puede tener que ver con mi formación como historiador, por una parte, o con mi gusto por contar experiencias propias y escuchar historias fascinantes, de todo tipo. Aunque pensando ahora en dos de mis series pasadas, creo que la fotografía documental también me ayudó a situarme frente a una coyuntura sociopolítica, dándome la posibilidad de elegir entre reportarla y compartirla, o simplemente, darle la espalda y seguir. Creo que algo de esto hubo cuando fotografié a los balseros en las costas de La Habana, o cuando conviví con los “Burner Boys” en el basurero de Agbogbloshie. Estos trabajos los hice sin un contrato previo, así que, en ese momento, tal vez regresó el recuerdo de Lewis Hine y, sobre todo, de su célebre frase: “Yo fotografió para cambiar las cosas”. 

Aunque hasta ahora hemos hablado más de bien de “fotografía-fotografía, es decir, de fotógrafos reconocidos que trabajan desde los códigos que tipifican al lenguaje, llevándolos al máximo de sus posibilidades estéticas y significativas. Pero hay otro espacio creativo no menos interesante e inspirador, y es el de las prácticas contemporáneas que parten de la fotografía, aventurando nuevos códigos y construcciones de sentido que pueden incluso, terminar negándola. Creo que Juan Antonio Molina tiene en su academia un taller al respecto, sobre este ejercicio que él denomina la “no fotografía”. Pero este es un tema muy amplio, que si quieres, hablamos en otra oportunidad.

LM: ¿Cuántos proyectos fotográficos estás desarrollando actualmente? 

WC: Por ahora, uno sólo. Recuerda que no soy un fotógrafo “full-time”, sino alguien que intenta conciliar varios intereses profesionales. Me gustaría dedicarle mucho más tiempo a la fotografía, pero llevo a la vez mi proyecto curatorial, Aluna Art Foundation, junto con Adriana, además de otros trabajos que me ayudan a afrontar las hipotecas de la vida diaria. En diciembre de 2018 comencé una serie sobre las grandes acumulaciones de basura como resultado de los excesos de nuestro modo de vida, una serie que pienso seguir desarrollando en diversos lugares del mundo, según mis posibilidades. La primera etapa de este proyecto la desarrollé en Miami en diferentes instalaciones de recolección y reciclaje de chatarra. Con una cámara 4x5, retraté las enormes montañas de metal que luego son procesadas, comprimidas en grandes paquetes y trituradas en unos molinos gigantescos. El resultado de este trabajo fue expuesto en agosto del año pasado en el Kendall Art Center, bajo el título de Regreso a Koyaanisqati, parafraseando el filme de Godfrey Reggio. En el KAC, presenté las fotos impresas en gran formato, así como otras piezas e instalaciones creadas con restos de chatarra y demás materiales que recolecté durante esos días. Intervine varios objetos desechados que funcionaron como esculturas o ready-mades. Me interesaba mostrar, en diferentes niveles de percepción, el resultado de mi experiencia en el lugar, así que incluí diversos lenguajes: el fotográfico, el objetual y el instalativo. Y también, me motivaba la posibilidad de concretar desde mi propia obra, una idea que habíamos desarrollado previamente como argumento curatorial: la alternativa de reunir bajo un mismo techo, la imagen y su referente, algo que, en fotografía, resulta imposible en muchos casos.

©Willy Castellanos

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De la serie Regreso a Koyaanisqatsi, 2018-2019


La segunda etapa de este proyecto me llevó en febrero de este año a Accra, la capital de Ghana, y al conocido basurero de Agbogbloshie, uno de los más grandes depósitos y lugares de reciclaje de desechos electrónicos en el mundo. En Miami, había retratado la belleza de la chatarra bajo la óptica del paisaje y del plano detalle. Pero cuando llegué a África -el continente donde todo comenzó—, las precarias condiciones ambientales, de salubridad y de vida que encontré en el lugar, me cambiaron la perspectiva de la serie y la forma de abordarla. Dejé a un costado la cámara 6x6 y con la Sony digital de 35mm, hice un reportaje fotográfico de lo que viví en esos días junto a los “Burner Boys”, esos muchachos que queman los cables y otros desechos para extraerle el cobre que luego venden en el mercado. Tengo el proyecto de exponer estas imágenes junto con el trabajo de un magnifico fotógrafo y ambientalista Ghanés, Muntaka Chasant, conjuntamente con los filmes de The Association, un colectivo independiente de directores y actores que viven y trabajan en el basurero, creando guiones con historias e intereses locales.

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De la serie Agbogbloshie 375, 2020


LM: De tus proyectos anteriores, ¿cuál te da más satisfacción y porqué? 

WC: De mis series, hay una que aún no he expuesto y con la cual tengo un vínculo afectivo especial. Se titula Los Porteños: retratos para una anécdota, y agrupa un conjunto de retratos directos que hice en Buenos Aires entre 1998 y el 2000, a varias personas que conocí en la calle de forma muy casual, y con las que nunca más he tenido contacto. En esta serie, retraté ese tipo de gente que te cautiva por un motivo o por otro, personas que te resultan simpáticos de entrada, o auténticos, o entrañables. En esos años yo trabajaba en la revista Pugliese y siempre cargaba con mi cámara, así que después de una conversación –breve casi siempre–, yo les decía: “Espérame que te hago un retrato” y ellos posaban para la foto. Luego, con el mismo principio, salí a buscar más y más retratos y así se fue armando esta colección, se volvió un hábito. Esta serie es hermosa para mí pues cumplió una función, digamos, más terapéutica que estética o fotográfica. De hecho, es un material personal, realizado sin intenciones de publicar o exhibir. Lo cierto es que cuando llegué a Buenos Aires, la ciudad me resultó agresiva en su dinámica. Y estas fotos me ayudaron a relacionarme con la gente, a entenderlos mejor, o tal vez a vencer mi timidez inicial, convirtiéndome con el tiempo, en un habitante más de la ciudad.

De la serie Los Porteños: retratos para una anécdota, 1998-2000


Y de mis proyectos anteriores, Éxodo: documentos alternos, celebrado en el Centro Cultural Español en 2014, con curaduría de Aluna. Este me dio la oportunidad de transformar un archivo testimonial – mis fotografías de los balseros saliendo de las costas de La Habana en 1994– en un espacio de participación pública que combinó técnicas documentales y artísticas, en un diseño de sala compuesto por fotografías, instalaciones participativas y videos. La exposición fue una suerte de laboratorio relacional enfocado a recolectar nuevas memorias del evento, y a reconstruir otra versión de la historia, más allá de las visiones polarizadas de las “dos orillas”.  Y de paso, pude invitar a varios artistas que aprecio y respeto, como a Juan-Sí González, Coco Fusco y al artista de videos Manuel Andrés Zapata.

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De la exposición Éxodo: Documentos alternos (CCEMiami), 2014


LM: ¿Cómo te iniciaste como curador? ¿Es algo que siempre pensaste hacer? ¿O sucedió de forma casual? 

WC: Cuando terminas una carrera como la que yo cursé, te dispones a ser curador o profesor digamos, o a trabajar como profesional en la producción artística, en cualquiera de sus ramas. Yo me gradué en La Habana en junio del 94 y en diciembre de ese año emigré. Así que el único trabajo que hice dentro del perfil de mi carrera en Cuba fue publicar un texto sobre Juan Carlos Alom en Revolución y cultura. En Buenos Aires sí dicté clases y colaboré en varias exposiciones y eventos, y aquí en Miami, hay una que recuerdo con especial cariño, por varios motivos: Plegarias para santos y orishas. Apuntes para una fotografía del sentimiento religioso en Cuba, inaugurada en el 2007 en el Centro Cultural Español de Miami que en esa época se encontraba en Coral Gables. Esta muestra incluía tres cuerpos de imágenes sobre el tema: el conocido ensayo de Raúl Cañibano sobre las peregrinaciones al Rincón; las procesiones de la Iglesia de Las Mercedes en La Habana, un hermoso ensayo a cargo de Gonzalo “Gonzo” González; y la serie Los santos del barrio, de Humberto Mayol, uno de los registros más completos que conozco sobre los cultos afrocubanos en la isla. Pero Plegarias no sólo fue mi primera exposición como curador en Miami, sino la razón por la cual conocí a Adriana, que hoy día es mi esposa.  Sin yo saberlo, Adriana había apoyado la realización de la exposición y su intervención fue decisiva. La conocí en esos días, cuando me entrevistó para escribir una hermosa reseña que publicó en el Nuevo Herald. Aún conservo el periódico original con su artículo.

LMCuéntame ¿Qué es Aluna y que nuevos proyectos están trabajando? 

WC: Aluna Art Foundation es una “non-profit” que sirve como plataforma curatorial para la construcción de diálogos a partir de las prácticas creativas de los artistas invitados. Estos participan en la creación de visiones particulares sobre el arte, la realidad y sus posibilidades para reimaginar los desafíos de nuestro tiempo. La idea de no representar artistas –sino más bien de servirles como plataforma de encuentro– parte del deseo de ir más allá de las hegemonías del mercado, o de ciertas categorías como el historial y el grado de reconocimiento, para centrarnos en la creación de visiones, lo que es, en definitiva, la tarea clave del arte. Hoy en día, que no estamos residiendo en una sede fija, sino que trabajamos en proyectos para varias instituciones y galerías, tenemos un modo de operar mucho más abierto, nómade. Hemos sostenido un foco en la obra de los artistas hispanoamericanos, porque nos interesa contribuir a su reconocimiento en los Estados Unidos. Pero a la vez, nos hemos abierto a la idea de construir, proyecto a proyecto, lo que en última instancia podría ser un observatorio del mundo que nos rodea a través del acto creativo, en un diálogo que también incluye artistas de toda América y de otros continentes.

LM¿Qué hay en el futuro para Willy, como fotógrafo y curador?

WC: Le he pedido especialmente al del “más arriba”, que me extienda el contrato en este mundo por varios años más. Siento que aún tengo muchas cosas por hacer. Como curador, y desde nuestro equipo de Aluna Curatorial Collective, tenemos varias exposiciones pendientes, lidiando con los desafíos de la cuarentena y la alternativa del cierre momentáneo de museos y galerías. En los próximos tiempos, debemos inaugurar una exposición de la artista Gladys Triana que se realizará simultáneamente en Fairfield University Art Museum del estado de Nueva York, y en el Art Museum de University of Saint Joseph, en Connecticut. Estas serán un homenaje a la larga carrera de esta cubana residente en Nueva York. En diciembre de este año, debemos inaugurar una exposición personal de Dagoberto Rodríguez (exintegrante de Los Carpinteros) en el Atchugarry Art Center de Miami. Hemos trabajado además en una exposición que se llamará The Sound of Silence, y que se encuentra listaa la espera de la reapertura de las instituciones, y muy pronto inauguraremos un proyecto sobre la ciudad de Miami que comenzará como una plataforma on-line, de amplia participación, pero que vez también tendrá ediciones expositivas y editoriales. Pronto compartiré más información sobre el tema.

Como fotógrafo, por ahora, mi idea es seguir desarrollando la serie que comencé el año pasado, y llevarla, además, del registro de los espacios afectados por los excesos del consumo, a la representación de espacios y ecosistema frágiles, en peligro de desaparecer. Y entretanto, si surge una nueva idea, una “col entre lechugas”, ¡pues bienvenida sea! 

No si me he extendido demasiado en esta entrevista, pero te advertí de antemano: ¡Me gusta contar historias!

¡Un abrazo grande para ti!

LM: ¡Gracias Willy! Te agradezco que hayas venido a conversar conmigo en La Manigua. 

Regreso a Koyaanisqatsi, Kendal Art Center, 2019.
Video de la exposición por Sebastián Elizondo | Fixion


Agosto 5 del 2020

“Año de la Pandemia”


Juan Aristides Otamendiz

Miembro del colectivo fotografico:  www.sailorsyarn.com

Hace unos meses la fotógrafa Sarah Bejerano tuvo la idea de crear una exposición colectiva de fotógrafos cubanos que trabajan el formato analógico. La mayoría de los que participamos nos conocíamos solo por la red social Instagram. Entre los candidatos estaba Juan Arisitides Otamendiz, un descubrimiento que Sarah con mucho entusiasmo compartió conmigo. El único problema era que Juani (como le dicen quienes lo conocen de cerca) solo trabaja digital (al menos por el momento). Pese a que no pudo participar, encontrarme con su obra tan intima, sincera y refrescante ha sido una de las cosas positivas de este año. Aquí les dejo esta entrevista que hicimos con la intención de seguir mostrando buen arte, buena fotografía y hacer mucho ruido en La Manigua.


La Manigua: ¿Quién es Juan? ¿Dónde naciste, te criaste? 

Juan Aristides Otamendiz: Nací en la Ciudad de la Habana, municipio 10 de octubre. En el hospital Hijas de Galicia. Nací en Lawton, me crié en Lawton, y la gran mayoría de mis amigos son de ahí, aunque estén un poco regados por el mundo.

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

LM: ¿Cómo se inicia Juan en la fotografía? Hablame un poco de tu formación.

JAO: Mi primera cámara estuvo en mis manos gracias a la fotógrafa alemana Kirstin Schmitt, invitada a una bienal de La Habana y me pidió de manera espontánea que documentara mientras ella montaba su exposición. En Cuba hice de todo, desde vender ropa, modelar, vender dulces. Pero llegó el momento en el que me di cuenta de que necesitaba un cambio en mi vida y la fotografía represento esa nueva oportunidad. Empecé a pasar cursos en La UNEAC donde bajo la tutela de muchos fotógrafos importantes como él Chino Arcos me prepararon poco a poco. Los cursos eran muy intensivos y requerían mucha participación de mi parte, debía completar tareas que me asignaban y luego se revisaban y se discutían en colectivo. Esta forma de enseñanza me brindo la base para continuar en este camino. Un día me di cuenta de que la fotografía era el camino nuevo y hoy estoy más convencido que nunca.

LM: ¿Cómo llegaste a Europa?

JAO: Llevo de forma permanente casi 3 años. Tengo parte de mi familia aquí, vine a visitarlos. Luego decidí establecerme en Alemania, pero siempre regreso a Cuba. Vivo entre Berlin y La Habana. Amo Cuba y no quiero perder esa conexión.

LM: Eres parte de un colectivo. ¿Cómo surgió la idea y cómo lograron hacer que funcione? ¿Me puedes hablar de Sailor’s Yarn?

JAO: Sailor’s Yarn son cuentos de marineros, historias. Cada serie fotográfica que hacemos, estamos tratando de contar algo. Los marineros siempre traen historias de sus viajes. Y eso hacemos, en cada viaje hacemos una historia.

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

LM: Tu serie ”Reparteros“ me gusta mucho. Siendo de un barrio similar al tuyo en Matanzas, me identifico a nivel personal. Cuéntame de esta serie. ¿Cómo te surgió la idea? ¿Cómo surge esta serie y de que trata? ¿Cómo la has trabajado? ¿Has tenido algún tipo de estrategia en particular para llevarla a cabo?

JAOReparteros“ es la gente de mi barrio, con las que crecí y he convivido casi toda mi vida. Los conozco. Una de las cosas importantes para hacer fotografías es que la gente se sienta cómoda, se relaje, se sienta bien. La fotógrafa Kirstin, que ha sido una gran maestra para mí, me dijo una vez que me acercara, cada vez un poco más y así lo he hecho. Mis fotos tienen ese toque personal, ese acercamiento, esa intimidad. Son fotos nacidas de la confianza, el respeto, la sinceridad. La gente de mi barrio me ve como uno de los suyos, no soy un extranjero, soy parte de ellos y ellos de mí. Es mi vida cotidiana.

LM: Arroz con Mango – Hollywood Rojo “El hombre nuevo”. ¿De qué trata?

JAO: Esta serie nace prácticamente durante un viaje en un ”Almendrón” (Auto antiguo usado como taxi en Cuba). Uno de los pasajeros era un transexual que se iba maquillando durante el viaje. En el taxi viajaba una pareja de ancianos y el señor dijo: Yo no entiendo, no si Uds. son Transexuales, Gay o son Travesti. Cuando el muchacho se baja del auto, se acerca al señor y le dice: Yo soy el hombre nuevo, y se aleja caminando. A partir de ahí decidimos empezar a documentar la vida de estos Hombres Nuevos como proyecto en colectivo de Sailor’s Yarn. Mi parte es toda en blanco y negro. He tenido la suerte de conocer a muchos que me han dado la oportunidad de acercarme y documentar su vida de manera muy intima, he llegado a sentirme en familia. Me inspira mucho, porque en Cuba esto es algo de lo que no se hablaba antes, ahora es casi como una ”revolución” y puedo mostrarle al mundo que estas personas son gente normal como todos nosotros, pasando por muchas dificultades, improvisando ante esas dificultades y que simplemente decidieron expresarse libremente. Sin miedo.

LM: ¿Qué inspira a Juan en la vida diaria?

JAO: Todo lo que sucede, las personas que me cruzo, la gente con la que hablo, eso me inspira. Todo lo que veo a mi alrededor que me parezca interesante.

LM: ¿Me podrías hablar de tus mayores influencias?

JAO: El trabajo de muchos fotógrafos, cubanos e internacionales. Son demasiados para nombrarlos, pero sobre todo el cariño, la pasión con la que trabaja Kirstin Schmitt, con quien comparto mi labor en Sailor’s Yarn. El nivel de entrega a los proyectos. Eso me inspira y me motiva.

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

©Juan Aristides Otamendiz

 LM: Cuéntame de tus planes futuros. ¿Trabajas en algún proyecto nuevo?

JAO: Sí, estamos trabajando en una serie titulada “Cuentos Náufragos” que fue nominada recientemente para el Sony World Photography Award. Y seguir trabajando, seguir creando.


LMFAO: Gracias Juani, bienvenido a La Manigua. Te agradezco mucho que compartieras un poco de tú historia conmigo.  

¡Un abrazo!


Miami-Berlín 

Julio 29 del 2020

“Año de la Pandemia”


Luna Tristá

Hoy en La Manigua tenemos de invitada a Luna Tristá. Aquí les dejo su entrevista. 

¡Bienvenida!

 www.lunatrista.com


Pude conocer a Luna Tristá hace poco más de un año. Primero como se conoce mucha gente en estos tiempos, de manera virtual. Instagram, a pesar de alejarse de los comienzos convirtiéndose en una herramienta puramente mercantil, aun continúa uniendo gente de intereses mutuos. Eso fue el caso con Luna, nos conocimos mediante esta plataforma. Luego, tuve la dicha de viajar de manera relámpago a Barcelona donde reside y pudimos coincidir en un par de oportunidades. Mi primera impresión fue la de un ser gentil, limpio de espíritu y con una firmeza de ideas que plantea de manera muy lucida. Pudimos conversar un poco y fue de esas conversaciones que a pesar del ruido ambiental te mantienen concentrado y vas asimilando cada palabra, cada gesto, cada idea. Tengo la certeza de su amistad para toda la vida. Ahora les toca a Uds. conocer un poco más a esa fascinante artista cubana radicada en Barcelona, España.

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

La Manigua: ¿Quién es Luna Tristá?

Luna Tristá: Nací en la Habana en 1980, durante la generación Y griega. Fui una adolescente tímida e introvertida que pasaba horas en silencio en su habitación viendo álbumes de fotos de familia, leyendo, escuchando música, y escribiendo poesía.

LM: ¿Cómo se inicia Luna en la fotografía? Háblame un poco de tu formación

LT: Me formé en fotografía de moda y creativa en la Escuela Superior de Imagen y Diseño de Barcelona, pero soy de la opinión que tampoco se necesita una formación académica para ser bueno en algo, basta con tener curiosidad e interés en aprender e investigar lo que te gusta, y a partir de ahí crear, cultivar y desarrollar con las herramientas  que te has proporcionado tu propio statement, la creatividad es algo que no puedes pagar para tenerla, es algo que nace contigo y se transforma.

LM:¿Cómo llega Luna a Europa? A Barcelona para ser más específicos

LT: En el año 1997 me transferí a Italia, donde estudié siete años de violín en el instituto Giuseppe Verdi de Alghero, y en el 2003 me mudé a Barcelona, donde vivo actualmente, moviéndome entre España e Italia.

LM: ¿Se podría decir que tratas temas tabúes en tu trabajo? ¿Por qué decidiste desarrollar proyectos de este tipo?

LT: Tratar temas sociales en mi caso es una prioridad y una necesidad, lo que no se habla, no existe, intento sensibilizar y visibilizar desde mis experiencias, por eso es recurrente en gran parte de mis proyectos personales temas de género e identidad, de sexualidad, la adolescencia misma, y la posición de la mujer como centro de toda mi obra.

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

LM: ¿Cómo abordas el tema? ¿Cómo logras el nivel de intimidad que se percibe en tus fotos? Yo, por ejemplo, siento un poco de pánico al retratar personas, me sobrepongo, pero es difícil. Hay una especie de confianza y entrega que desborda de cada sujeto fotografiado. ¿Cómo llegas a ese punto?

LT: Muchas de las mujeres que aparecen en mis fotos no tienen vínculo conmigo, en muchas ocasiones el primer contacto y último ha sido el disparo, se crea una especie de conexión con mi historia, y de consecuencia esto hace que yo conecte con las suyas, a veces sin servirnos de la palabra.

LM: Háblame de "Lolita" ¿Cómo surge esta serie y de que trata?

LT: Lolita nace como serie en el 2016, es un proyecto que se centra en desexualizar la imagen de la mujer, desvincularla de una estética complaciente para el hombre. Son fotografías a adolescentes, una obra que se centra en la mujer, en la reivindicación de su posición dentro de una sociedad patriarcal y machista, muchas de las jóvenes retratadas han sufrido la presión de los cánones de belleza, y la imposición social de cómo manifestarse con el propio cuerpo. Este proyecto es una oda a la juventud, esa etapa central de transición, de encuentro con la propia identidad desde el autoconocimiento, y descubrimiento de la sexualidad.

LM: Otra de tus series que me encanta es “She's my Man”. ¿Cómo surge esta serie y de que va?

LT: "She's my man" es una serie del 2015, es un proyecto que inicié como diario fotográfico donde retrataba a mi pareja. Son fotografías realizadas una vez al mes durante nuestros encuentros entre Barcelona y Paris. "She's my man" toca temas de identidad y género, desde una mirada más personal.

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

LM: ¿Qué inspira a Luna? En la vida y tu creación. 

LT: Todo lo que me haga vibrar repercute en mi lado creativo. El sexo, los olores, la música, la poesía, estar a solas conmigo, el silencio y el país de donde vengo. Todo junto hace que explote, y me desborde de ideas.

LM: Creo que todos recibimos influencias externas durante nuestra formación y si tenemos suerte, durante toda la vida. ¿Me podrías hablar de tus influencias?

LT: Si debo citar lo que me ha influido a lo largo de mi carrera como artista debo nombrar algunos de mis fotógrafos favoritos como Diane Arbus, Francesca Woodman, Man Ray, y Nobuyoshi Araki.

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

©Luna Tristá

LM: ¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo? ¿Qué planes hay en el futuro de Luna Tristá?

LT: Cuando termino una serie no suelo pasar a otra de modo inmediato, me tomo mi tiempo para crear, y mimar el trabajo realizado, de observación y crítica, aunque si tengo un proyecto de autorretratos al que llevo dándole forma hace unos años. Que llegue el tiempo y me sacuda, prenda, de fuego, en el buen sentido de arder en el futuro.

LM: Gracias Luna por dedicarnos este tiempo y conversar acerca de tu obra. 


Miami-Barcelona

Julio 22 del 2020.

"Año de la Pandemia"


Dale mi gente, hasta la próxima. ¡Nos vemos!


a.l.e.x.a.n.d.e.r sasha

Alexander Gonzalez Delgado (a.l.e.x.a.n.d.e.r sasha)

En el mes de marzo de este año se inauguró en la galería Consell 81, Barcelona, España la exposición fotográfica ”Arroz con Mango” curada por Sarah Bejerano. Ahí tuve el placer de compartir espacio con Alexander González Delgado y otros fotógrafos cubanos que desarrollan su obra en formato analógico. En realidad descubrí su obra unos meses antes y quedé fascinado. Su imaginario invita a la complicidad, provocando una sensación de pertenencia, formar parte de algo extremadamente personal, casi prohibido.
Las fotografías De Alexander González Delgado desmantelan la idea de la mujer como objeto con imágenes de singular belleza. Las exalta en fotos que semejan pinturas barrocas, acentuando la realidad de manera frontal en cada una. Es sin duda uno de los fotógrafos más valientes de la fotografía cubana actual. Hace unos días lo invité a ser parte de “La Manigua” y accedió a ser entrevistado.

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

La Manigua: ¿Quién es Alexander?

Alexander Gonzalez Delgado: Un cubano nacido y criado en Cayo Hueso, La Habana y que hace 20 años emigró a Italia. Un soñador poquito exagerado. Amante de la música a cualquier hora y en cualquier lugar. Padre, drogado de arte y de todo lo que me pueda contaminar el alma porque esta vida es bastante dura y hay que salvarse de alguna manera.

LM: ¿Quién es Sasha? 

AGD: Siempre yo. Es el seudónimo que adopté para mostrar mi trabajo en la web. Tengo un amigo (ruso) que me llama así (Sasha en realidad no es un nombre aunque si ahora lo usan por todas partes como tal. En Rusia a los llamados Alexander, Alexei y todos sus derivados usan como diminutivo Sasha. Y así nació. Me gusta, suena bien y es más fácil que pronunciar mi nombre completo. ¿No crees?

LM: ¿Cómo llego Alexander a Italia? Qué tiempo llevas viviendo ahí? 

AGD: Emigré a Italia porque mi ex mujer, madre de mis hijos, es italiana. Nos conocimos en Cuba. Allá por el año 98. Dos años después tuvimos la noticia de la llegada de nuestro primer hijo y decidimos venir a Italia. Como te dije al inicio, llevo ya 20 años aquí.

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

LM: ¿Dónde te formaste como fotógrafo? Cuanto tiempo llevas haciendo fotografía?

AGD: Cuando vivía en Cuba hacía teatro. Trabajaba en el grupo de teatro Argos bajo la dirección de Carlos Celdrán, Al llegar a Milán intenté seguir en el mundo teatral. No conociendo bien el idioma y con una familia que tenía que ayudar a mantener empecé a trabajar en un bar. Pasaban los años y sentía la necesidad de encontrar una vía de escape al consumismo frenético, poder expresar mis ideas en modo creativo y exprimir lo que la vida me daba y sentía cada día. Desde que vivía en Cuba y estudiaba en la Escuela de Arte la fotografía me fascinaba y por supuesto, haciendo teatro, trabajaba con la imagen, el cuerpo, la música, la luz, la acción y el gesto humano…. Un día, en el 2004 , en la esquina del bar donde trabajaba había un negocio de fotografía y vi en la vitrina que vendían una cámara fotográfica de tipo analógico, a buen precio. Al día siguiente era mía. Desde entonces hasta el día de hoy continúa funcionando. Más o menos unos 15 años. Por supuesto al inicio las fotos las veían solo unos pocos amigos y escuchando los consejos me ayudaban a seguir creando. En el 2007 sucede algo que me cambió por dentro. Una amiga cubana que trabajaba para una Fundación de Arte había organizado un evento grande, con una exposición de fotografía de un artista que no recuerdo y no sé por cuál motivo, la embarca a un mes de la inauguración. Hablando conmigo, creo que le había hablado de mi pasión por la fotografía y me pide de mostrarle lo que yo hacía. Resumen: Un mes después me encuentro haciendo mi primera exposición personal de fotografía y de ahí en adelante empecé a creer con mayor fuerza en lo que hago.

Digamos que la base es autodidacta. Aunque ya tenía un “background” bastante sólido de creación a través de la imagen. Por supuesto, desde que vivo en Europa he enriquecido mi biblioteca de literatura, discos, películas y muchísimos libros de fotografía. En el 2009 pasé un curso de fotografía en un club fotográfico de la ciudad donde vivo y ahí tuve la oportunidad de consolidar lo que me faltaba teóricamente.

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

LM: ¿Cómo descubriste tu estilo fotográfico?

AGD: Con indisciplina. Con el tiempo, he asimilado que dar mayor importancia a lo que cabe dentro del marco es más importante que seguir las reglas.

LM: ¿Has recibido críticas por lo que haces?

AGD: Por lo que te he dicho antes, recibo un millón de críticas a diario. Positivas y negativas. Sinceramente no me interesa. Es mi modo de dialogar con el mundo. Como puedes ver, hay un hilo conductor en mi Lenguaje Fotográfico, el erotismo. Como buen cubano, trato de que marche al unísono: sensualidad y poesía, ironía y verdad, luz y deseo, gestos, silencio, color, sombra, sexo, una mezcla. La gente se encuentra. Basta viajar en la misma frecuencia de onda y no tiene que ser necesariamente igual a la mía. Se identifican conmigo y yo con ellos.  

LM: ¿Cuales consideras tus mayores influencias creativas?

AGD:  El cine, la música, la pintura, la gente y el caos cotidiano

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

©Alexander González Delgado

LM: ¿Me puedes mencionar algunos ejemplos de fotógrafos y/o fotografías que te inspiran?

AGD: Son demasiados los fotógrafos e imágenes que me han inspirado a lo largo de los años. No sabría por quien comenzar. Ren Hang, Araki , Carlo MolinoPhilip Lorca-diCorcia, Nan GoldinRyan Mcginley, MapplethorpeRobert Frank, tú, Sarah, Luna y un millón de gente más.

LM: Me honra que me menciones, gracias. Me has puesto en tremenda compañía. ¿Seguimos? ¿Cuanta gente te dice que te pareces muchísimo a Jimmy Hendrix?

AGD: Bueno, llegó la hora de dar cuero…jajajajaja. Digamos que mucha gente me lo dice. Pienso que hay gente que me conoce solo de vista y me llaman Jimmy y no saben cuál es mi verdadero nombre. 

LM: Lo siento mi hermano, pero no podía dejar pasar la oportunidad. Una broma para que esto no parezca tan serio. Ahora dime ¿Estás trabajando algún proyecto nuevo?

AGD: En mi cabeza siempre. En la cruda realidad no. Aunque si quisiera hacer algo masivo, con mucha gente y a contaminarse hasta que amanezca. 

LM: ¿Que planes hay en el futuro de Alexander Sasha?

AGD: Que la vida me conceda mil años más porque tengo todavía una pila de cosas que decir y no sé si tengo tiempo suficiente. 


Gracias Alexander, bienvenido a La Manigua. 


Miami-Milán

Julio 15 del 2020. 

“Año de la Pandemia”


¡Dale, nos vemos! 

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